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Mano tendida a los árabes

Edició10-06-2009 |elpais.com

Mano tendida al mundo árabe, del que EE UU "nunca" será enemigo; llamamiento a ese mismo mundo árabe a combatir el extremismo islamista; afirmación de que los intereses norteamericanos, lo mismo que los de Israel y Palestina -mencionada por primera vez así y no con el vocablo habitual: "Estado o Autoridad Palestina"-, exigen la coexistencia de dos Estados: ésta es la sustancia del discurso de Barack Obama en El Cairo, un momento importante en la definición del nuevo rumbo que está tomando EE UU.

Para convencer, Obama puso en el empeño todo su talento y una buena parte de sí mismo, de su historia personal, fruto de una doble identidad y de su fe total en las virtudes del modelo norteamericano.

 

Además tuvo buen cuidado de no evitar nada: las raíces históricas de las tensiones con el mundo musulmán, el peso de los estereotipos que presentan al islam como una religión violenta y a Occidente como un enemigo del islam; la lucha contra el extremismo y los medios de esa lucha, las condiciones de la paz entre Israel y Palestina, el rechazo a ver cómo Irán se hace con el arma nuclear, los derechos humanos, los de las mujeres, la libertad religiosa, etc.

 

Se había hecho lo necesario para que un máximo de personas de todas las nacionalidades pudiera seguir el discurso en directo, tanto a través de Internet como de las televisiones o incluso de mensajes SMS, y en 13 idiomas. Este discurso, minuciosamente preparado y sopesado, tiene una triple significación: la de un cambio de rumbo diplomático, la de una ambición (restaurar la imagen de EE UU, destruida por su predecesor, y devolver al país su capacidad de influencia), y, finalmente, es la marca de un desafío personal, a saber, asumir el símbolo del sueño americano que encarna tanto en el interior como en el exterior.

 

El cambio reside en el retorno a la diplomacia y la búsqueda del consenso siempre que sea posible. Y también con Irán, en cuya política reconoce Obama una amenaza para la paz. Es lo contrario de la guerra preventiva puesta en práctica por George Bush, tras ser teorizada por los neoconservadores: el acontecimiento ya no lo crea el desencadenamiento de las operaciones militares, sino un discurso, el verbo de un predicador que manifiesta una creencia en el hombre cuasi religiosa.

 

Otra prueba de este cambio: la actitud respecto a Israel. Ya no se trata de respaldar al Estado hebreo pase lo que pase, sino de obtener la paz persiguiendo un equilibrio que sólo Bush padre había buscado antes que él. En otros términos: la alianza con Israel es "indestructible", pero la situación de Palestina es "intolerable". Obama ha evocado este tema en Normandía, en la conmemoración del desembarco aliado. Para él no se trata de imponer un plan de paz, sino de conseguir que, aunque sea difícil, las dos partes acepten la idea de que no pueden vivir la una sin la otra. Es una línea que se corresponde punto por punto con lo que esperaban los europeos.

 

Con el uso de las palabras exactas (para describir el "sufrimiento" de los palestinos, evoca la "humillación que acompaña a la ocupación"); para estigmatizar a los que odian a Israel, declara "odiosos" a los que niegan el Holocausto; luego, instruye el proceso, en la Historia, del uso de la violencia, que los palestinos deben "abandonar".

 

 

¿Dónde está la novedad? En la afirmación de que el nacimiento de un Estado palestino ya no se considera un deseo, sino algo conforme a los intereses nacionales norteamericanos. La diferencia es enorme.

 

La firmeza prevalece, tras el llamamiento reiterado al diálogo: sí a la energía nuclear de uso civil, no a una proliferación militar que podría arrastrar a toda la región a una carrera de armamentos mortal.

 

¿Rehabilitar la imagen de EE UU? Con algunas citas del "santo Corán" como refuerzo y apoyándose en todo lo que en el islam predica la tolerancia, se trataba de mostrar que las culturas se encuentran en los valores de los derechos humanos, recordando de paso todo lo que la civilización moderna debe a la musulmana. Tampoco olvidó apelar a los derechos de las mujeres y a las libertades. Eso sí, sin hacerse demasiadas ilusiones para lo más inmediato: un discurso, previno el mandatario, no puede borrar años de tensiones e incomprensión por sí solo. El camino será largo, pero ya está trazado. De algún modo, Obama pone una condición: que cada país musulmán asuma su parte en la lucha contra el extremismo. Éste lleva sólo un nombre: Al Qaeda. Corolario: EE UU dejará "Irak para los iraquíes" y abandonará Afganistán cuando Al Qaeda sea vencida.

 

En cuanto al desafío personal, cómo no admirar la reivindicación de la identidad de un "cristiano" que invoca la condición musulmana de su familia paterna, sin perder nunca de vista las virtudes de los "padres fundadores", en las que se inspiró para nutrir su célebre y muy bello "discurso de Filadelfia" sobre las "razas" en EE UU, fundamento de la América "posracial" que tanto desea. Del mismo modo, en El Cairo Obama tenía la ambición de sentar las bases de un mundo posterrorista. ¿Utópico? ¿Quién va a quejarse?

 
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