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ARISTÓTELES Y EL ISLAM. LAS RAÍCES GRIEGAS DE LA EUROPA CRISTIANA

Edició26-03-2010 |www.hislibris.com

Sylvain Gouguenheim, autor francés nacido en 1960, ejerce en la actualidad de profesor de Historia medieval en la École Normale Supérieure de Lyon. Además del libro que ahora nos ocupa es autor de otros textos relacionados directa o indirectamente con su especialidad de historiador e investigador, y entre los que destaca Les fausses terreurs de l’an mil, publicado en 1999, donde desmitifica el supuesto pánico generado en Europa ante la perspectiva del año mil como antesala del fin del mundo. En 2008 también publicó Les Chevaliers teutoniques, sobre dicha orden de caballería. En el presente 2009 ha aparecido en las librerías francesas su último trabajo hasta la fecha: Regards sur le Moyen âge: 40 histoires médiévales.
Aristóteles y el Islam, cuya versión en castellano ve ahora la luz, fue editado en Francia bajo el título de Aristote au Mont Saint-Michel en 2008. A pesar de lo que enuncian ambos rótulos, en español y francés, el contenido del libro no trata específica ni particularmente sobre la figura del filósofo griego Aristóteles, ni siquiera sobre la relación de su obra con el Islam o con el bello islote de Normandía. El subtítulo de la edición española (ausente en la edición gala) sí condensa, en cambio, con mayor precisión el valioso estudio que contienen las páginas de este trabajo. Y es que no nos hallamos, en efecto, ante un texto de filosofía en sentido estricto, sino ante una investigación de fuste y estilo marcadamente académicos, una exposición histórica y, por ende, desmitificadora. Sin pertenecer, por tanto, al género de las obras de divulgación, se trata de un libro que merece atención, muy útil y conveniente, y no sólo para los especialistas e iniciados en la materia.

Una leyenda dominante que viene propagándose de manera poderosa y casi hegemónica tanto en medios periodísticos como incluso en los espacios escolares y universitarios, cuenta que fue merced a la acción cultural del Islam, especialmente en el terreno de la traducción de textos, que pudo conservarse y extenderse por Europa la producción intelectual de la antigua Grecia. En otras palabras: la cultura árabo-musulmana estaría en el origen y la raíz de la cultura occidental. Semejante relato de la Historia, recreado en un même combat por la labor publicista de intelectuales musulmanes y occidentales, comporta a su vez notorias implicaciones, no siempre especificadas ni hechas patentes. Por ejemplo, de la premisa mayor arriba resumida se infiere una muy discutible —por no decir «falsa»— identificación de los conceptos de arabidad e islamismo; se toma como cosa cierta que fue el pensamiento musulmán, y no la propia tradición occidental, la fuerza que actuó como motor del renacimiento cultural y científico en Europa; se da por hecho que el viejo continente, encerrado en las Dark Ages, fue incapaz por sí mismo de salir de su retraso intelectual; se proclama, en consecuencia, que el mundo islámico fue superior espiritualmente a la cristiandad medieval; y, en fin, se lanza el mensaje de que Europa tiene una deuda que pagar al Islam al deberle nada menos que su identidad, lo que le convertiría en «una especie de heredera o apéndice del mundo musulmán.» (pág. 18).

Sin embargo, a partir de la minuciosa exposición del profesor Gouguenheim, ninguno de estos enunciados se sostiene, ni resiste tampoco un preciso y fundamentado cotejo con las fuentes y los datos históricos. En la tarea de desmitificación, primero, y refutación, después, del presunto papel decisivo del Islam en los orígenes de la cultura occidental, se aplica Gouguenheim con rigor y sin ahorro de notas críticas y referencias bibliográficas (más de cuarenta páginas del total de 267 que contiene el volumen) ni de aportaciones y pruebas documentales.

Los textos de Platón, Aristóteles, Hipócrates y Euclides fueron escritos en lengua griega, al igual que los Evangelios. Ambos tesoros culturales, de interés subsidiario para los centros de saber musulmán, en ningún momento se perdieron ni fueron olvidados en el seno de Europa durante la Edad Media. Fue, justamente, gracias al trabajo e interés de individuos, comunidades e instituciones del ámbito cultural cristiano (o al menos no musulmán) que pudieron ser traducidos primeramente al siríaco y más tarde directamente al latín. En ningún momento, pues, llegó a perderse el vínculo y el hilo conductor de las dos principales fuentes espirituales de Occidente: la cultura griega, ampliada por la aportación romana, y la religión cristiana. En el siglo VII, tras la caída del Imperio romano y el casi inicio del expansionismo islámico, tiene lugar una fuerte oleada de inmigración de griegos y gentes del Próximo Oriente que huían de las invasiones musulmanas: «Así pues, cada avance árabe provocó una emigración, la huida de un sector de las élites.» (pág. 33).

La relación comercial, política y cultural entre Bizancio y Occidente jamás quedó interrumpida. Fue por medio de migraciones personales de clérigos y laicos, así como de caravanas de mercaderes italianos, embajadores de la corte imperial alemana, que desde los restos del Imperio oriental pudo conservarse, y paulatinamente acercarse, las fuentes de la cultura antigua a lo largo y ancho de Europa. De entre los muchos espacios que destacaron como difusores de las obras griegas, a través de traducciones directas al latín, Gouguenheim incide en dos: Antioquia y Mont Saint-Michel. A la trascendental labor de los monjes «pioneros» del enclave normando dedica el autor un capítulo exclusivo del libro, subrayando allí la relevancia de las traducciones de Jacobo de Venecia, tanto por su número como por su fidelidad con el original.

Ciertamente, los pioneros traductores cristianos solían realizar sus traslaciones del griego al latín sin métodos refinados, normalmente de modo literal, palabra por palabra, de manera que en la mayoría de los casos abundaban los errores de sintaxis y estilo. Dichas deficiencias fueron corregidas con el tiempo. Con todo, estas circunstancias hay que confrontarlas con la tarea traductora musulmana de los clásicos griegos (una tarea, por otra parte, nunca negada, pero que tampoco debería ser sobreponderada). Sucede que los sabios árabes no tuvieron contacto directo con los textos antiguos original. Elaboraron sus traducciones a la lengua árabe sirviéndose de otras traducciones previas del griego original, fundamentalmente del siríaco. Y esto por una sencilla razón: no dominaban la lengua griega; incluso Al-Farabi, Avicena y Averroes la ignoraban. En cualquier caso, en la producción traductora, los omeyas emplearon los servicios de bizantinos y árabes cristianos en Damasco y los primeros abasidas utilizaron a persas locales, árabes cristianos y arameos.

En realidad, la traducción al árabe del saber antiguo, además del problema indudable que supone la cadena de traslaciones mencionada a la hora de valorar la calidad del resultado, adoleció de no pocos inconvenientes: «Uno de los problemas más delicados planteados por la transcripción al árabe era la ausencia total de términos científicos en dicha lengua: los conquistadores eran guerreros, mercaderes, ganaderos, no sabios o ingenieros. Por eso hubo que inventar un vocabulario científico y técnico.» (pág. 80).

Seguir sosteniendo, en suma, que Occidente debe su cultura al Islam, que éste se helenizó mientras Europa se islamizó, que brilló un «Islam de las Luces» a modo faro espiritual del viejo continente, son argumentarios, concluye Gouguenheim, que provienen no tanto del análisis científico y la fundamentación histórica como de un posicionamiento ideológico. Justamente de ese posicionamiento que ha atacado públicamente en Francia su libro bajo la acusación de «islamófobo».

 
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